Misas

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domingo, 30 de marzo de 2014

FE BAJO EL AGUA


La niña había pasado todo el día con su mamá, en el centro comercial. Era una bella pelirroja, con carita pecosa, clara imagen de la inocencia, y no debía de tener más de 6 años.

Cuando estaban por salir del centro comercial, llovía a cántaros. Esa clase de lluvia que, al caer tan fuerte desde las nubes, no te deja distinguir la distancia entre una gota y otra.

Todos nos quedamos frente a la puerta, resguardados de la lluvia. Y esperando a que parara un poco para poder salir al estacionamiento a buscar el coche. Aguardábamos con impaciencia, e irritados, porque la trova que caía estaba no era para andar con prisas.

De pronto, la dulce voz de la chiquilla rompió mi trance hipnótico, con esta inocente frase: “Mamá, corramos a través de la lluvia”.

“¿Qué?”, dijo su mamá.

"Sí, mamá. Corramos a través de la lluvia".

"No, cariño. Esperemos a que pare un poco”, contestó la mamá pacientemente.

La niña esperó otro minuto, y repitió: “Mamá, corramos a través de la lluvia”.

La mamá le dijo: “Pero si lo hacemos, nos empaparemos...”

“No, mamá, no nos mojaremos. Eso no fue lo que le dijiste esta mañana a papá”, exclamó la pequeña, mientras acariciaba el brazo de su madre.

“¿Esta mañana? ¿Cuándo dije yo que podemos correr a través de la lluvia, y no mojarnos?”.

“¿Ya no lo recuerdas? Cuando hablabas con papá acerca de su cáncer. Le dijiste que si Dios nos hace pasar a través de esto, puede hacernos pasar a través de cualquier cosa”.

Todos nos quedamos en absoluto silencio. Juro que no se escuchaba ni siquiera la lluvia. Todos nos quedamos parados, silenciosamente. Nadie entró ni salió del almacén en los siguientes segundos.

La mamá pensó un momento sobre qué debería responder. Era un instante crucial en la vida de la joven criatura. Un momento en el que estaba en juego la inocencia y la confianza. Lo que la madre respondiera en ese momento, iba a determinar para siempre la fe de la niña. Entonces todos escuchamos la voz de la mujer: “ Cariño, tienes toda la razón. Corramos a través de la lluvia. Y si Dios permite que nos empapemos, puede ser que Él crea que necesitamos lavarnos”.

Y las dos salieron corriendo. Todos nos quedamos viendo cómo se reían, mientras corrían por el estacionamiento, pisando todos los charcos. Por supuesto que se empaparon, pero no pareció importarles.

Y no fueron las únicas que se mojaron. Porque las siguieron unos cuantos, que reían como niños mientras corrían hacia sus coches.

Sí, es cierto. Yo también corrí. Y también me empapé. Seguro que Dios pensó que necesitaba un lavado.

Nunca olvidaré a aquella mamá, que arriesgó un chapuzón, y se empapó bajo el agua, para enseñarle a su pequeña una lección de fe. Que ninguna tormenta puede detenernos, ni frenar nuestra confianza, cuando creemos que Dios nos lleva de la mano bajo el aguacero.


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